El veneno del teatro

El veneno del teatro

Como decíamos ayer, el poder del teatro (ese arte pobre y efímero, frágil y artesanal) es de tal magnitud que todo avatar adverso a él, que todo ataque, daño colateral o frontal que lancen a su centro neurálgico, a su capacidad de supervivencia, no hace que pierda su fuerza, su capacidad mágica, casi sobrenatural, su condición de estandarte sólido e inexpugnable del ser humano. Si nos atenemos a los argumentos de Aristóteles, el primer teórico del teatro, son ya veintisiete siglos hurgando en lo más profundo de la condición humana. O si partimos del florecimiento de los primeros grandes dramaturgos de la historia, tan sólo hablaríamos de un siglo menos, de esa época en la que el teatro gozó de un auge derivado de su vinculación esencial con la democracia ateniense como régimen político.

Guerras, pestes, revoluciones, hambrunas, invasiones... cualquier calamidad sobrevenida no ha podido acabar con este género artístico. El único arte que necesita de un ritual compartido, al que nada humano le es ajeno, el único que es social incluso cuando pretende no serlo.

Si nuestra vista se vuelve a los últimos cien años, encontramos brutales empellones dirigidos a los órganos más vitales de las entrañas del mondongo (que diría Valle-Inclán) del teatro. A pesar de tantas agoreras predicciones, ¿por qué la radio, el cine, la televisión no han podido con el teatro?

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